Y así fue cómo decidí ser dentista

Facultad Odontología, alumnos La Plata
Facultad de odontología de LA PLATA. Mi querida facultad,  fuente de manantial del caudaloso río de mi vida, vida con afluentes y deltas que buscan el infinito mar de la sabiduría.

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Mi diente de leche

Mi padre y mi madre ya habían tenido su experiencia personal en el dentista, allá por los años 60. Incluso mis abuelos habían pasado por ello, tanto paternos como maternos. También unos tíos y unos primos míos habían estado con la boca en manos del señor dentista. Sin embargo, ninguno, de toda mi familia, me había contado lo que se podía sentir, sufrir o temer cuando tienes que ir al dentista.

Mi primer experiencia con los dientes, fue cuando tenía unos 7 años (1969), y me encontraba en España. Se me aflojó el incisivo superior de leche. Yo andaba moviéndolo con los dedos y estaba siempre dándole con la lengua, como un juego. Se lo dije a mi madre y no me hizo mucho caso. Se lo dije a una tía y me dijo que había que atarle un cordel, luego a una puerta y tirar. Se lo conté a una prima mayor y dijo lo mismo, pero riéndose de mí.

Se lo conté a mi abuela paterna y muy seria me dijo: -«no te preocupes, que yo te lo quito en un momento»-. Yo, al verla tan segura de sí misma, me dejé hacer. La abuela metió su uña entre mi diente y mi encía, enganchó el dientito con firmeza; comprobó la resistencia y la vía de salida más débil, balanceó varias veces el incisivo para luxarlo, y finalmente lo desprendió, con una destreza propia de la experiencia. ¡Y yo aguantando el dolor sin chistar! Luego me lo enseñó, mientras me miraba fijamente con una sonrisa de satisfacción.

Yo tenía cara de entre sorprendido y asustado. Tuvo suerte la abuela, de que el diente ya casi salía; porque si no fuera así, no hubiera aguantado más el dolor y me hubiera quedado un muy mal recuerdo de ella. Me dio el diente para que lo mire y me dijo que lo ponga debajo de la almohada, para ver si me traía dinero el ratoncito Pérez.

Esa era mi abuela paterna, la abuela con iniciativas odontológicas básicas.

El ratón Pérez, ese, no me acuerdo si vino, pero ahora, que me iba a salir un diente nuevo, mi madre se apresuró en comprarme un cepillo de dientes de cerdas de jabalí y me dijo que en lo sucesivo había que cepillarse los dientes para que no se pudran. Pero nunca me explicó cómo se hacía exactamente. Y mi padre menos.

Yo tendría unos 8 o 9 años (1971), me encontraba en Comodoro Rivadavia, Argentina, cuando comencé a sentir que me dolían las muelas. ¡¡¡Qué sabía yo si eran muelas de leche o de adulto!!!. Por no saber, no sabía nada. De repente se te aflojan los dientes, luego las muelas y nadie te explica nada. Peor debe ser para las niñas cuando les viene la menstruación y nadie les explica nada.

Mi primer visita al dentista

Mi madre había leído o escuchado que las golosinas producían caries. Por lo tanto su decisión fue radical: que yo tenía prohibido comer chucherías. Ella pensaba que así, yo no tendría caries y si las tuviera, ella tendría la conciencia tranquila, de que por comer dulces no era.

La realidad era que tenía un dolor de muelas. ¿Por qué? no sé. Mi madre me dijo, que me hiciera un buche con ginebra o coñac. ¡Eso funcionaba!. Me había calmado momentáneamente el dolor. ¡¡¡Un niño de 9 años metiéndose ginebra en la boca…!!!

Como yo me seguía quejando de mi dolor de muelas, sin más explicaciones, un día, mi madre me llevó al dentista. Uno muy bueno, que le había recomendado una clienta del negocio (mis padres tenían un negocio de alimentación). Eso sí, era un dentista más caro.

¿Por qué mis padres no me llevaron a uno más barato, que ellos ya conocían? ¿No les habría gustado demasiado el otro? no lo sé con certeza, pero aquella simple decisión cambió mucho mi futuro. Cuando llegamos, nos sentamos en la sala de espera. Ya habían 3 personas delante nuestro. No había que pedir cita. Había una cuadrito colgado en la pared que ponía: «Extracción simple 50 pesos».

Yo pensé: «esto de las extracciones, debe ser algo habitual y muy importante, porque, para ¡¡¡hacerle un cuadro a los honorarios!!!. La sala de espera era acogedora, bonita, cálida, toda de madera, menos el suelo que era de baldosas, pero muy pequeña. Te sentabas en un asiento acolchado, que se hundía cuando te acomodabas, y salía aire ante el peso. Las piernas casi te chocaban contra la mesita de centro, donde podías elegir una revista.

Esperamos más de una hora. Odiaba esperar. ¡Qué pérdida de tiempo y qué angustia!. Además se escuchaba el zumbido agudo de la turbina. Yo agudizaba el oído para ver si podía escuchar también lo que conversaba el dentista con la señora que había entrado. Hablaban, pero cuando zumbaba la turbina, ya no hablaban. ¿Qué le estarán haciendo? Pronto me enteraría en mi propia boca.

Se abrió la puerta. La señora se fue con la cara un poco rara y mirando para abajo, como para que no la vean. Yo no sabía que existía la anestesia. La Sra. tenía la boca dormida. Nos hizo pasar. El dentista tenía cara de que podía caerme bien. Era más joven que mi padre y mayor que mi madre. De estatura media y no era ni gordo ni calvo. Tenía el pelo rizado, poco abundante, negro, con algunas canas y sus cejas eran muy pobladas y con algunas prolongaciones que recuerdan al pingüino Emperador. Era amable, nada secote, ni callado; hablaba lo justo, pero con un tono dulce que inspiraba confianza. Su aspecto no concordaba con alguien tosco, bruto, irresponsable que te podría hacer algo malo. Todo lo contrario. Su cara ¡ hasta se parecía un poco a la de mi padre!. En fin, yo no tenía ningún miedo. Miedo ¿a qué?, ¡¡si a mí nadie jamás me dijo que los dentistas eran de temer, y aquel hombre me parecía una buena persona!!. Yo no fui al dentista, avisado de que tendría que tener miedo. Y no lo tenía.

Ya sentado en el sillón dental

Me senté en el sillón. Tenía un tapizado impecable, color azul oscuro. Me dio miedo tocar el tapizado con mis zapatos, que podrían estar sucios. ¡Qué vergüenza si le mancho el sillón! con lo nuevo y bonito que era.

Observé los aparatos que me rodeaban. Todos parecían tener sentido. Los encontraba razonables; casi todos me resultaban lógicos, menos uno a mi izquierda, que estaba sujeto por unos brazos que terminaban en la punta en una cabeza redonda con un tubo, como la del secador de pelo. Quería que usara conmigo aquel extraño aparato para ver cómo funcionaba. Después supe que se trataba del equipo de rayos equis (Rx). Pues no usó aquel aparato conmigo, nunca.

En 1971, el sillón de mi dentista era algo más moderno que éste.

A continuación apareció una chica, joven, de unos 20 años, más bajita que el dentista, de pelo corto, pelirrojo, lacio y aplastado; guapa, sin maquillaje pero con unas largas pestañas que rodeaban unos ojos vivaces de color miel.

Dijo: «-buenas tardes-» y nunca más pronunció una palabra. Parecía tímida y muy obediente a su jefe, el dentista.

El dentista tomó un instrumento con forma de cuchara y me inspeccionó la boca. Encontró muchas caries para arreglar y una muela de leche para sacar. No recuerdo cuantos empastes tenía para hacer, pero fueron varios.

El pinchazo para la anestesia

Antes que nada te ponía anestesia, con su jeringa de acero inoxidable, que se abría por la mitad. Le metía un tubo de vidrio dentro, (aquella jeringa no era como las demás, me gustaba, era diferente. Me gusta ser diferente). La aguja no era ultrafina y descartable como las de ahora, era más gruesa y se esterilizaban en una estufa o por hervido.

Una vez montada y preparada la jeringa, apretaba el émbolo para que salga líquido por la punta de la aguja (para que no quede aire) ¡¡¡y ahí venía a pincharme!!!.

Nunca me decía dónde iba a pinchar hoy, era una maldita sorpresa.

Cuando me pinchaba arriba, para empastar una muela del maxilar superior, me dolía menos y a veces casi nada. Pero cuando me pinchaba para anestesiar las muelas de abajo (anestesia troncular) me dolía mucho, todo y todo el tiempo, hasta que retiraba por fin, con lentitud interminable, aquella larga aguja.

Fue él quien me enseñó, que mientras la anestesia iba entrando, debía respirar por nariz, profundo y acelerado. Eso confunde al cerebro y ayuda a sentir menos el pinchazo. Hoy le enseño lo mismo a mis pacientes, y algunos me dicen que parece un parto. ¡Pero funciona.!

Yo aguantaba estoicamente todo aquel dolor y miedo a ¡¡¡¿qué pasará?!!!, porque me daba mucha vergüenza hacer el tonto, y quedar como un niño mal educado, miedoso, quejumbroso, llorón, mimado y poco hombre.

Además, sería un irresponsable, haciéndole perder el tiempo a ese hombre, que estaba trabajando para mí, para arreglar mi boca, lo mejor que es humanamente posible. Y tampoco me hubiera gustado hacerle pasar vergüenza a mi madre y que el dentista piense «- ¡mira qué hijo tiene!-«

Si la gente que estaba en la sala de espera, escuchaban alguna queja, cuando yo saliera, me mirarían con interés y curiosidad. A mí, eso, me avergonzaba. Todo eso pasaba por mi cabeza en ese instante, lo pensaba yo solito, nadie me lo enseñó. Yo confiaba en ese hombre. Si es así como se hacen las cosas en el dentista, pues adelante, yo iba a colaborar.

Luego se puso a mirar su reloj «Rolex» normalito, de acero, no de oro, pero «Rolex» (¡¡cómo me gustaban los Rolex!!») y me dijo, inflándose sus propias mejillas con aire y poniéndose la mano en su cara como quien recibe un puñetazo y tiene todo hinchado «-ahora en cinco minutos, vas a sentir que la cara se te pone asííí-«.

A los 5 minutos empezaba a hacer efecto la anestesia. Él, miró su reloj y me preguntó: -«¿ya sientes hormiguitas en el labio?»»- Sí-» le dije, y preparó su turbina. Me colgó una manguerita con punta de metal en la boca, que hacía ruido al succionar mi saliva y sin más explicaciones, se puso a trabajar en mi muela.

Era la primera vez en mi vida que sentía aquel zumbido vibratorio en mi boca, ¡era de temer!

Yo solo miraba la cara del dentista, para tratar de adivinar en sus gestos, en sus ojos, en su mirada fija y atenta y en su ceño fruncido, si todo estaba bajo su control o no (no se usaba mascarilla tapabocas). Aquel aparato ruidoso, parecía muy peligroso.

Tenía que confiar. -«Si te duele, levanta la mano»- me dijo.

Mientras el dentista hacía por mi muela incursiones leves, ligeras y con pausa, no me dolía nada. Pero si insistía más de 4 o 5 segundos seguidos excavando la caries, me empezaba a doler. Yo tomé nota (cuando yo fuera dentista, no haría eso). Yo me aguantaba hasta el final. Trataba de disimular. Cuando ya me dolía mucho, el dentista lo notaba en mi cara y paraba. Pero nunca levanté la mano ni emití un quejido.

Cuando terminó, apareció la ayudante, la chica de 20 años que no había vuelto a escena hasta ahora. El dentista le hizo un gesto y sin pronunciar palabra ni sonrisa alguna, preparó una pasta blanca sobre un vidrio, usando una espátula de metal. Me tapó la muela. La pasta me parecía tan mala como el yeso «Poximix» que usé en el colegio para manualidades. Nos despidió a mi madre y a mí, diciendo que vengamos de nuevo el jueves próximo (los jueves por la tarde mis padres no trabajaban).

Bajé la escalera, y cuando llegué a la salida del edificio, me miré la muela en el espejo de la entrada del portal. Mi muela estaba recauchutada con esa mierda de pasta blanca. Pero ¿qué clase de arreglo era ese?. Y encima no siento la boca y la gente se va a dar cuenta cuando hable, que no hablo bien y me van a preguntar ¿qué me pasa?. ¡Y mi muela mal parchada! Tengo 9 años y ya tengo así mi muela. ¿Qué será cuando tenga 30 años? ¿No tendré muelas? Me preocupé. Había que pensar en algo. Había que solucionar esto.

La anestesia duraba 3 horas y la sensación en el labio, a la final, me resultó divertida.

La segunda visita

Cuando fui al jueves siguiente, sin cita previa, (no se pedía hora), como siempre, había que llegar y ver cuántos tenías delante esperando antes que tú. Siempre había alguien. Empezaba a las 15 : oo hrs. Yo pensé » tendré que estar a las dos y media y ser el primero», pero tan temprano no le era posible a mi madre.

Nos hizo pasar. Tenía la radio puesta. Me senté rápidamente en el sillón, sin esperar a que me lo digan. Cuando vas al dentista es para sentarse en el sillón, ¿a qué otra cosa vas a ir? Y cuanto antes se termine, mejor. Esta vez no me puso anestesia. Apareció la ayudante, y saludó, como cuando ya te conocen. -«Abre grande la boca-» me dijo el dentista haciendo el gesto de abrir.

Ésta vez usó un aparato que giraba impulsado por unas poleas por donde se deslizaba una cuerda. Era rebuscado, pero curioso e interesante de ver como daba vueltas aquella cuerdita de colores. Comenzó a sacar la pasta blanca que me había puesto en la muela en la cita anterior. El aparato no zumbaba como la turbina, hacía un ruido sordo de taladro lento. Era un contrángulo movido por un motor eléctrico.

Comenzó a dolerme un poco, no tenía anestesiado. Aquel aparato me hacía sentir vibraciones en toda la cabeza. Se sentía un olor especial que nunca había sentido. Era el Eugenol de la pasta. El característico olor a dentista. Una vez preparada la muela, tendría que ponerme otro material.

Me imaginaba que ahora vendría lo interesante del asunto. Me pondrían un material fabuloso, extraordinario, algo súper científico, súper evolucionado, un gran adelanto de la ciencia, algo que curaría mi muela y que luego la haría cicatrizar y volver a crecer y transformarse de nuevo en la muela que tenía antes.

Me puse muy atento para ver de dónde sacaba y traía ese material fantástico. Cómo sería el envase. Qué aspecto tendría y cómo me lo introduciría en el agujero de mi muela.

Me puso unos rollitos de algodón por fuera y por dentro de la muela, debajo de la lengua. Me puso el aspirador de saliva. Secó bien la muela con aire durante unos segundos, hasta que me dolió (cosa que hoy no se hace) y puso en marcha un aparato fantástico que vibraba de derecha a izquierda oscilando a 6000 veces por minuto, durante unos 5 segundos.

La auxiliar sacó la cápsula que había puesto en el aparato y la depositó sobre una loseta de vidrio grueso. El dentista abrió la cápsula y volcó rápidamente el contenido sobre la loseta. Aquel era el maravilloso material con el que iba a restaurar mi muela, mi querida muela.

Se trataba de la Amalgama dental. Un material gris plateado, compuesto por finas limaduras en polvo de Plata, Estaño, Cobre, Cinc, que se mezclaba en el vibrador, con una proporción exacta de Mercurio. El Mercurio es un metal líquido, que reacciona con la Plata y el Estaño, dando una aleación maleable que endurece en unos 5 a 10 minutos y que alcanzaba su máximo endurecimiento a las 24 horas.

El dentista tomó parte del material con un instrumento transportador y lo llevó hasta mi muela. Lo estrujó, lo comprimió con fuerza y la Auxiliar le dio más material. Puso una porción más y la apretaba con fuerza sobre la muela hasta que mi cabeza se movía (como debe ser), y el material chirriaba. Parecía tener prisa. No podía perder tiempo. El material empieza a endurecer y hay que colocarlo antes de que esto ocurra.

Con otros instrumentos, terminó de dibujar la forma de la muela, comprobó como mordía y me hizo enjuagar la boca. Escupí los sobrantes de ese material gris con sabor metálico. «-No mastiques de ese lado hasta mañana.-» .Me despidió hasta la próxima visita.

Así queda una muela, restaurada correctamente con Amalgama. Hasta los años ´80 era lo que había. Compárese con el Composite en la foto de más abajo.

Cuando llegué a mi casa y me miré en el espejo, me vi la muela tapada con aquel material gris que era blando y estaba endureciendo. Pensé: ¿será plomo?. Más adelante escuché a mucha gente decir -«tengo una muela emplomada-«, «emplomadura» etc. Pero… no podía ser plomo. El plomo es blando, siempre…!! La plata es durísima!!!, ¿cómo la va a meter en la muela? Tiene que ser otra cosa. ¿Qué sería?.

En aquel momento me di cuenta que las muelas no se curan ni se regeneran como un corte en las rodillas. Me quedaría con ese plomo en mi muela, toda la vida. ¡¡¡Y era la primer muela, aún quedan muchas más…!!! Estaba preocupado por mi futuro bucal. Había que hacer algo. Seguro que algo se podría hacer. Pero el dentista no me decía nada. Y él seguro que debe saberlo.

Me empezó a gustar

Eso de ser dentista me empezó a gustar. Eso de trabajar solo, por tí mismo, sin jefes ni compañeros de trabajo me atraía muchísimo (yo era y soy un solitario). Eso de arreglar bocas no me parecía muy difícil. Y eso de tener una ayudante tan guapa, me parecía genial. Estaba medio enamorado de la auxiliar y me daba envidia que el dentista tuviera una ayudante tan atractiva.

Además yo era bueno en manualidades y me gustaba manejar materiales y usar aparatos raros. Y otra cosa importante, te tratan de Dr. sin ser médico y según mi padre, los dentistas, te cobraba mucho por los empastes.

El gran problema que veía era que instalar una consulta o clínica de Odontología, debería ser muy, pero muy caro ¿De dónde sacaría yo dinero para tener un local y para comprar ese sillón y esos aparatos tan especiales?

Mi sueño se estaba gestando y tenía tan solo 10 años. Un sueño, es eso, un sueño. Pero la realidad está hecha de los que algún día soñaron con ser o tener lo que hoy somos o tenemos.

Todas las demás visitas al dentista, hasta que terminé, las hice yo solo. Mi padre me acompañaba hasta el semáforo, me cruzaba la calle y me dejaba en la puerta de la calle que daba al dentista.

Un día me dejó a las 9.00 de la mañana. Y se fue a hacer sus cosas. Cuando yo terminara, cruzaría la calle por el semáforo y lo esperaría en el comercio del primo Raúl. El dentista no llegaba hasta las 9,45hs. (encima no madrugaba, empezaba a las 10:00 hs., mi padre abría a las 9.00 hs.). Tenía una bonita placa de bronce que decía:

«Dr. Domingo R. Llanos Consultorio bucodental»

Yo algún día tendría una placa como aquella.

Subo la escalera y al llegar, la sala de espera está aún cerrada. Estoy solo. Un niño de 10 años solo en un edificio de oficinas. A los 10 minutos, llega un viejito. También va al dentista. Se sorprende de verme. Me dice «-buenos días.-«!!!. -«buenos días»- respondo con mucha vergüenza de verme solo.

¡¡¿Qué hará éste niño solo?!!. se preguntaría el viejito. Pues, que yo soy así. No tengo miedo. Soy muy valiente y maduro para mi edad, pensaba yo. A los 30 minutos aparece la auxiliar con la llave en la mano. Nos saluda, me mira sorprendida de verme solo y nos hace pasar a la sala de espera.

El viejito estaba un poco contrariado, porque llegó temprano para ser el primero y resulta que un simple niño de 10 años le ganó y va a pasar primero que él. A las 9,55 hs. aparece el dentista con cara de sueño. ¡Qué bien viven los Dentistas!, pensé, hasta se hacen esperar. Definitivamente yo quiero ser dentista.

En las sesiones siguientes me preparó y restauró varias muelas. Cuando yo volvía, se dedicaba a pulir la amalgama que había puesto la vez anterior, utilizando diferentes gomas y piedras de pulido.

Se estaba dedicando al pulido de una de mis restauraciones de amalgama, cuando un día me dijo: –«estas gomas de pulido, te dejan la muela como un espejo, las compré cuando estuve en Estados Unidos»-. ¡ No, si encima hasta viaja a Estados Unidos!, ésto de ser dentista me sigue interesando.

Cuando llegué a mi casa, me miré en el espejo, para ver qué era eso que brillaría como un espejo. Lo que vi era unas muelas tapadas con un material horrible color gris; pero eso sí, liso, suave, pulido, brillante y al parecer bien acabado. No era consciente de que había tenido la fortuna enorme de haber caído en manos de un Sr. dentista, un profesional de primera, un dentista que se merecía realmente que le llamen Sr., Dr. y lo que haga falta. Tenía ante mí: UNA RESTAURACIÓN DE AMALGAMA DE LIBRO, hecha por un gran experto.

Así quedan las restauraciones, pero en Composite. Hoy es lo que se usa. Compárese con las amalgamas de más arriba.

Pero yo no lo sabía. No estaba en condiciones de apreciar la calidad. Más adelante lo descubriría. Y recordaría a aquel dentista como una persona que cambió mi futuro. Hoy estoy aquí, porque aquel hombre estaba allí. Nos encontramos.

Los pacientes pocas veces aprecian la calidad de un dentista. Solo valoran si el dentista es amable, si el trabajo queda bonito o más o menos y que no duela; aunque debajo haya un desastre, si no duele, pues estará bien.

La gran pregunta

En la siguiente visita, mi padre volvió a dejarme a las 9:00 hs… Temprano, porque mi padre tenía que ir a hacer sus cosas. Yo entraba el primero, salía antes, me recogía más pronto en lo de su primo Raúl y llegábamos a casa a tiempo para comer.

Pero ése día no llegué antes que nadie. Antes de las 9.00hs. ya estaba en la puerta el viejito de la vez anterior. Le dije buenos días y me respondió con una sonrisita como diciendo: «hoy te gané yo». El viejito jubilado estaba jugando con el niño de 10 años para ver quien llega antes y entra primero.

Cuando me tocó pasar, el viejo salió y me saludó como diciendo «la próxima, a ver quién gana». Como yo veía que mi boca se estaba llenando de arreglos plateados, un día le pregunté al dentista: «-¿Qué tengo que hacer para no tener más caries?-» Yo estaba realmente asustado de verme así. Quería saber qué se puede hacer.

Su respuesta fue corta y poco gratificante: «-Hay que usar mucho el cepillo, pasar la seda dental y hacer una revisión cada 6 meses-«

Yo hoy en día podría dar una conferencia con práctica incluida de por lo menos 2 horas hablando de prevención. Su respuesta fue pobre. Yo tenía que saber más. No había internet. Para saber más, un buen camino sería estudiar odontología.

Yo tenía mi cepillo de cerda de jabalí y mi dentífrico «Odol» o «Kolinos» o «Colgate» con clorofila y me cepillaba cuando me acordaba y como a mí me parecía. En realidad no tenía ni idea. La seda dental, no sabía lo que era y menos cuál era su función. Nadie me lo explicó. No estaba ni asesorado, ni motivado. Yo creía que con el rico sabor que te dejaban aquellas cremas dentales, la boca estaba limpia y cuidada.

Mi padre se había quejado que lo del dentista había salido muy caro (en realidad fue un regalo, pues aún conservo aquellas maravillosas amalgamas), así que decidí ir a revisiones cada 6 meses, para cuidar la inversión y para no hacerle gastar más a mi padre.

Los ladrones de sueños

Cuando iba a empezar el colegio secundario (lo hice en el Liceo Militar Gral. Roca de Comodoro Rivadavia) la gente te empieza a preguntar: «Y… ¿qué te gustaría ser cuando seas grande?. Yo respondía sin titubear, «- voy a ser Odontólogo-» y esperaba que alguno no supiera qué era eso; y así aclararle que eso era ser Dentista. Quería darle categoría a mi futura profesión. Quería que se supiera que el dentista es en realidad un Dr., un odontólogo.

Hoy en día me presento como dentista, soy dentista. Para que todo el mundo lo entienda rápido y para que me llamen Dentista. Odontólogo es muy difícil de pronunciar. Y la categoría se la doy yo; con mi trabajo, con mi calidad, con mi responsabilidad y con el buen hacer de todos los días. Luego mis pacientes me llamarán Dr. si creen que me lo merezco.

Mis padres no se opusieron de ninguna manera a que estudie Odontología. Mi abuela materna (la otra abuela) me dijo que eso, era sacar dientes podridos y que el dentista que se los sacó a ella tenía las herramientas puestas en un tablón como los carpinteros.

Mi abuelo materno me dijo que mejor que siga la carrera militar. En Argentina un militar podía llegar a ser presidente del gobierno (de facto). Otros, que la boca es un asco. Otros, que los dentistas sacan muelas y ponen dentaduras postizas, que luego los viejos dejan en un vaso con agua en el baño. Otro, que los dentistas sacan, ponen y tapan agujeros. Una Sra. muy elegante le preguntó a mi madre: «-¿Su hijo quiere ser Odontólogo o Mecánico Dental?-» Otro, me dijo que es una carrera larga, de 5 años y muy cara, la más cara. Otro, me dijo que tengo que saber mucha anatomía de la cabeza y cuello y que es muy difícil. Otro, que entrar en la Universidad es muy difícil, que tienes que ir a Bs. Aires y que el hijo de menganito no pudo y se volvió para casa, porque extrañaba mucho a su mamá. Otro, que los dentistas no hacen nada, que los que hacen los dientes, son los Mecánicos Dentales. ¡Mejor!, pensé yo, a mi no me gusta fabricar las dentaduras.

Algún pariente hasta se llegó a alegrar que haya elegido una carrera tan… de bajo nivel !!, ya que su hijo iba a ser Abogado.

¡¡¡Cuánta ignorancia, por Dios!!!. Hasta mi mujer, cuando nos conocimos, me miró raro cuando le dije que estudiaba Odontología. Ella estudiaba Obstetricia. Más tarde se sorprendería de lo que yo sabía de Medicina general y lo mucho que abarcaba la clínica odontológica diaria bien ejercida. Gracias a los magníficos profesores argentinos de la Universidad de La Plata, donde me licencié.

Hubo alguien en mi barrio que sí me dijo algo positivo, la señora del sastre, la Sra. Egea. Ella me comentó, que conocía un dentista de Buenos Aires, que solamente hacía dientes de porcelana para gente de dinero y famosos.

En 1977, yo vivía en un barrio obrero, a 8 km. del centro de Comodoro Rivadavia, una ciudad costera en el centro de la Patagonia Argentina. Poco podía saber yo lo que era realmente la Odontología de alto nivel en la capital Argentina o en los Estados Unidos.

Mis sueños

A los 15 años aproximadamente, no solo sabía que quería ser dentista, sino que también sabía que ejercería en España. Mi padre era español y siempre me sembró la semilla de volver a España.

Yo había estado en España desde los 5 hasta los 7 años y la abuela que me había quitado mi diente de leche era la paterna, la española, de Pontevedra, en su casa de Samieira (Poyo).

Éste es uno de mis dos sillones actuales. 2011

Mi consulta estaría distribuida más o menos igual que la de mi dentista. Y tendría una placa parecida.

Daría citas, para que la gente no pierda la tarde o la mañana entera en el dentista. No haría doler innecesariamente. Tendría buena mano con la aguja. Siempre pondría anestesia. Le explicaría a todo el mundo los conocimientos necesarios para mantener la boca sana. Haría que mis pacientes le pierdan el miedo al dentista. Les explicaría todo lo que iba a hacer antes de hacerlo. Haría Odontología enfocada a la prevención y controles radiográficos (mi dentista nunca lo hacía) Haría unos tratamientos de calidad para poner a la Odontología en el lugar que le corresponde y lograr que se la respete.

Yo no pensaría en sacar dientes, sino en cuidarlos, conservarlos, restaurarlos. Salvar dientes. Sería un héroe.

Revisiones cada seis meses

Después de haber terminado con el dentista, decidí hacerle caso e ir a visitarlo cada 6 meses. Y sin pedir cita, como siempre, ahí estaba yo, en la sala de espera esperando que me vea y me haga pasar. Me miró como diciendo ¿qué haces aquí?. Me echó un vistazo rápido como para ver el brillo de las amalgamas y ya está.

Yo volví a los 6 meses y luego al año y luego cada verano, en vacaciones. Siempre lo mismo, una ojeada y ya está (solo 3 minutos). ¿Eso era una revisión odontológica? Ni siquiera unas radiografías, explicarme porqué se producen las caries, cómo se hace una buena técnica de cepillado, porqué es importante y para qué sirve la cinta dental, recomendarme un buen cepillo, una buena cinta, un enjuague con flúor, hablarme de la gingivitis, decirme que tengo la mordida invertida, que tengo un incisivo girado, pero que no tiene importancia…, ¡algo, algo, algo de Prevención por favor! Un poco de cultura odontológica.

No, prevención nada, solo revisiones cada 6 meses. ¿Para qué? para ver si aparecía otra caries y hacer más restauraciones de amalgama, ¿para eso?. Y ¿cuándo no haya más dónde restaurar, qué hacemos? ¿Sacar la muela?’??.

Mi futuro lo estaba viendo negro. Tenía que cambiar drásticamente mi futuro. – «Me voy a hacer dentista, para cambiar todo esto»-

Mis padres también fueron a mi dentista

Mi madre después de ir a mi dentista, comentaba en casa que el dentista era amable, cariñoso y te hacía relajar con tonos de voz dulces y suaves. Yo tomé nota. Cuando sea dentista tenía que ser cariñoso, dulce y con un tono de voz suave. ¡¡¡¡Yo no era así, todo lo contrario!!! ¡¡¡¡¿Cómo voy a hacer?!!! Yo soy un tipo bastante alterado, y no puedo transmitir a los demás paz y tranquilidad. Tal vez no pueda porque no soy así, no tengo, o no sé.

Luego mi padre me explicó que el Dr. Llanos le había hecho a mamá un tratamiento para quitarle el pus a un incisivo superior. Para lo cual, me explicó muy serio, que había perforado el diente por dentro, había metido una punta larga dentro del diente que le llegó hasta la punta de la raíz; y así salió el pus. Mi padre terminó diciendo: -«la verdad que Llanos hizo un buen trabajito-» Mi padre estaba sorprendido y admirado por lo que había hecho el Dr. Llanos. El Dr. Llanos le había hecho a mi madre una Endodoncia. Rutina odontológica. Pero en una época donde los dientes con dolor-infección se extraían sin más, una Endodoncia era cosa rara y muy valorada. Y más en 1978 en Comodoro Rivadavia. Los avances tardaban mucho en llegar al Sur del país. A la mayoría de los países pobres del mundo, aún no llegaron.

Mi madre perdió la mayoría de sus piezas dentales por caries y terminó con una prótesis removible.

Luego fue mi hermana Ana, que tiene parálisis cerebral de nacimiento. Sufre temblores, falta de coordinación muscular y retraso mental. Llanos la atendió con mucha paciencia. Es difícil atender a éste tipo de pacientes. Pero mi hermana era como yo, se dejaba hacer. Si hay que hacerlo se hace. Buena voluntad, que pocos pacientes tienen. Colaboración con el dentista, un don poco habitual, y que el dentista valora y aprecia muchísimo, porque lo necesita.

A mi hermana también le puso amalgamas, pero ¡¡¡eran más pequeñas!!!. Mis caries eran más grandes. O sea que hay gente que tiene menos caries, o son más pequeñas, o simplemente, no tienen caries. Yo pertenezco al grupo de peligro. ¡Qué mala suerte!

Luego en 1979 le tocó el turno a mi padre, el último en ir. Se resistía. Tenía piorrea, se le aflojaban los dientes y tenía tan solo 47 años. Cuando llegó a casa, le había quitado los 4 dientes superiores del frente y algo más. Estaba desdentado. Mientras esperaba a que le pusieran los dientes nuevos, tuvo que atender a sus clientes sin dientes, igual que a mi madre.

El dentista le dio un presupuesto que mi padre valoró como muy caro. El dentista respondió: «Es el precio de un T.V. en color». Los televisores en color acababan de llegar y aún eran muy caros.

Mi padre perdió la mayoría de sus piezas dentales por piorrea, y terminó con una prótesis removible.

Esto de que el dentista era caro es otra cosa que marcó mi vida profesional. Hoy creo que el dentista tiene que ser bueno, muy bueno, eficaz y competente. Dar en el clavo, aportar la solución y resolver con calidad y durabilidad.

El precio no importa, se paga y ya está. Sabiendo lo que sé Hoy de los dentistas, la calidad no tiene precio. Un buen dentista resulta, a la larga, baratísimo. Lo malo es que la gente no lo entiende.

¿Quién te hizo esas amalgamas?

Finalmente, después de una larga historia, llegué a la Facultad en Buenos Aires. Ingresé en la Facultad de Odontología de la Ciudad de La Plata, calle 1 y 50; muy lejos de Comodoro Rivadavia, a 2 horas de avión exactamente.

Durante mis años de Facultad, siempre me acordaba de mi dentista, el Dr. Domingo Roberto Llanos. Tratando de igualarlo y luego de superarlo. Con llegar a ser como él, ya me hubiera hecho muy feliz. Pero tenía el destino de superarlo, no podía ser de otra manera, son otros tiempos.

En 1º año, teníamos una minicátedra llamada «Preclínica I» de duración semestral, donde los alumnos aprendíamos las cosas más elementales y básicas de la atención clínica. Para ello, nosotros mismos éramos los pacientes y luego nos intercambiábamos, para aprender a revisarnos la boca mutuamente y hacer una ficha y un diagnóstico.

Se podían ver las muelas de las chicas más guapas, restauradas con amalgamas despulidas y otras ennegrecidas. Otras desbordadas, partidas en los márgenes, desajustadas. Sin anatomía, planas como una mesa o hundidas.

Cuando me tocó el turno a mí de abrir la boca, una profesora joven, de unos 27 años, se acercó a mirarme. Miró con atención arriba y abajo y con una carita de sorpresa, admiración, y deleite, me preguntó: «- Balboa, ¿quién te hizo esas amalgamas tan buenas?-«

Las había hecho mi primer dentista, el Dr. Domingo Roberto Llanos, la persona que despertó mi vocación. Aún conservo muchas de mis restauraciones de amalgama, hechas por el Dr. Llanos hace ya 35 años.

Las amalgamas están aún ahí, en mi boca. ¡¡¡Qué baratas fueron!!!

Facultad Odontología, alumnos La Plata
Terminar una carrera universitaria con master incluído, no implica subirse al carro triunfal, significa trabajar para que tus pacientes o colegas te pongan en el lugar que te mereces. La lucha nunca termina.

Ver más: https://www.juanbalboa.com/dentista-la-profesion-del-odontologo/

175 comentarios

Dr. Juan! Me interesa la odontología aunque ya pasé los 30. Pertenezco al mismo club «de los que tienen varias caries» sumado a que nunca tuve ortodoncia (y la necesito). Mi problema es el acceso a la carrera ya que debería mudarme y eso es mucho problema. Excelente la descripción, yo también quiero ser de los dentistas que ex´plican todo a sus pacientes (a fin de cuentas es su salud y merecen ser informados). Saludos!!

Dr. Balboa me encanto su historia aqui en Bolivia varia el campo laboral de un odontòlogo, tenia dos opciones de estudio una no resulto y la otra fue estudiar odontologia le comente a mi familia y pues ellos no lo ven como un lugar donde yo pueda acomodarme ya que hay muchos dentistas pero pocos son los que se destacan; y quisiera que me de su punto de vista para encaminar en esta bella carrera

Hola Dr. Balboa me encanto su historia, y como tuvo determinacion y pudo lograr sus sueños! Yo quiero estudiar Odontología ya al año me toca ingresar a la Universidad, pero tengo una hija de meses no se si lo podre lograr, todos me dicen que no tendre tiempo para mi hija y que luego me frustrare y me asqueare, me ponen suceptible todos esos comentarios quisiera poder tener la determinacion que tuvo usted lo admiro! Saludos desde bolivia

Desconozco tus circunstancias y con qué apoyos y ayuda dispones, por lo tanto no puedo dar consejos PRECISOS y acertivos
Tu hija de meses no creo que sea un obstáculo para el padre, si éste estuviera en tu situación y quisiera estudiar.
La Odontología es una carrera para el futuro de las mujeres. El futuro será de las odontólogas. Tú siendo mujer, juegas con ventaja,y puedes aprovecharlo.
Puedes servir de modelo, y ejemplo de vida triunfadora a tu hija, si consigues tu sueño.
Puedes servir de sentimiento de culpabilidad a tu hija si no lo haces.
Si de verdad te ves ejerciendo esta profesión, puedes hacerlo.

La carrera exige MUCHO TIEMPO de estar en la facultad. Pero son 5 años. A tu hija aún le quedan 60 años de verte feliz.
5 años disfrutando en la facultad, estudiando lo que te apasiona, pasan tan rápido que te duele cuando se termina la carrera.

Busca la manera de cuidar a tu hija; igual que si trabajaras fuera de casa 8 horas diarias 45 horas semanales, como todo el mundo hace.
Si te apasiona, te sana. Si no lo haces te enfermas.
Si la frase anterior es CIERTA. Entonces, tienes que estudiar ODONTOLOGÍA.
De todos modos, tendrás que dejar a tu hija para ir a trabajar todos los días. ¿O eso no está en tus planes?.

Sí, es duro, pero la vida diaria lo es más.

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